Casus Belli – Primer capítulo

La prostituta de melena rubia y cara maquillada llevaba un vestido de tubo de color rojo, con un bolso a juego. Aparte de sus tacones de aguja tenía unas medias en sus torneadas piernas. No era una puta común y corriente. Era una “escort” El término fino para prostituta cara. Esperaba en la acera de un bar, bajo la luz de una farola, mirando a la lejanía, intentando distinguir el coche de su cliente.

No era una limusina, ni tampoco una cochambre con cuatro ruedas. Era un vehículo de gama media, cuatro puertas, negro. El hombre que lo conducía era un tipo algo obeso, de pelo ralo, traje y corbata. Cuando paró cerca, la abrió la puerta sin bajarse, estirándose desde su asiento. No llevaba el cinturón puesto.

Una vez estuvo dentro, sentándose de forma automática, acostumbrada a llevar ese tipo de vestidos. El hombre se acercó a ella y le dio un beso, excediéndose con la lengua. La muchacha ni le importaba ni le debía importar. Era su trabajo, y se había trabajado a ese cliente durante muchos años. No era momento de perderlo.

Pasaron por diferentes diferentes calles bajo la sombra de la noche, con las luces encendidas y agarrando el volante con una mano y la pierna de la muchacha con la otra. Con cada semáforo aprovechaba para agarrarle los pechas. Ella lanzaba risitas, le decía que no, que no, que parase, que cuando llegasen a las oficinas.

El hombre giró el volante para internarse en un párking. El hombre de la cabina de paso le saludó con una sonrisa y un “¿Qué tal Gordon?” No pudo evitar lanzar una mirada a la muchacha, cuyos pechos (seguramente sintéticos) abultaban sobre el vestido. Levantó la barrera y el coche pasó, descendiendo por varias rampas.

El lugar estaba vacío. Aparcó en su sitio, apagó las luces, y las sombras del párking se cernieron sobre ellos. El interior, débilmente iluminado, bañaba al hombre que estaba sobre la chica, tocando con torpeza los senos, metiendo la mano por debajo del vestido, besando su rostro como un quinceañero.

Reía de forma porcina, y ella le volvía a insistir. “Para Gordon, aquí no. Espera a que subamos” “¿Traes las esposas?” dijo el hombre recomponiéndose. La muchacha afirmó y se mordió el labio. El hombre le resultaba desagradable, asqueroso y sucio. Pero se había encoñado con ella, y pagaba una suma importante por tener su exclusividad (cosa que no la tenía y no lo sabía)

Se bajaron del coche. Fueron hasta una de las puertas iluminadas por una luz de tono verde que ponía “ENTRADA” Los tacones resonaban en el silencio del párking, que fue salpicado por el sonido del manotazo que recibió en el trasero. Ella se giró para reírse y volver a increparle que sus actividades no eran conformes a las intenciones declaradas en su pacto verbal. Es decir, que se la chuparía una vez subiesen.

Mientras pasaban por el pasillo, la chica no paraba de menear su culo de manera sugerente. Sabía que no estaba atraído por el, que sabía que era mentira. Pero el pene semierecto que abultaba sobre su pantalón (que no estaba hecho a medida) no tenía noción alguna de la verdad o la mentira.

Llegaron hasta el ascensor. Luces encendidas. Nadie. El hombre apretó con ansia el botón, para luego acercarse a la chica y besarle el cuello como un Drácula desdentado. Sus manos se engarzaron en su culo hasta que sonó el cling del ascensor.

El hombre miró al interior con una sonrisa, la cual cambió de repente. Dentro, había un hombre, vestido de bedel. Seguramente era uno de los tipos de la limpieza que no conocía, a diferencia de Johnson, a quien conocía y quien le había prestado las llaves para follarse a varias putas en la oficina de su jefe. Cuando se metieron dentro, le dio un manotazo al trasero de la muchacha, quien lanzó risotadas estúpidas.

— Vaya, ¿qué ha pasado con Johnson? Siempre suele estar a estas horas.

— No está hoy, señor.

— Llámame Gordon, cojones. Vamos pasa.

— Uy — dijo la chica una vez dentro — no sabía que te llamabas Gordon Cojones.

Entre risitas comenzaron a manosearse. No le importaba que fuese un chaval nuevo. Seguramente era alguno de esos chavales que decidían no estudiar y no eran tan avispados como él como para ascender en la pirámide corporativa. Su mente, en esos momentos, estaba centrada en el coño que iba a follar.

Los dos se quedaron al fondo. El bedel apretó un botón y el ascensor comenzó a subir. La mano del hombre apretó con fuerza el culo prieta de la mcuhacha, quien le instaba, entre sonrisitas, que parase. Él la forzó para que le tocara el bulto de su pantalón.

En ese momento, se despertó de su trance libidinoso. Dejó de manosearla y se acercó al bedel. El uniforme parecía sentarle raro, como si no fuese suyo. Le tocó por detrás y este se giró levemente.

— ¿Cómo sabes a qué piso tengo que ir?

Se giró por completo y vio que el nombre de la chaqueta ponía “Johnson” Bajó la mirada a la mano. Leve rojo en los nudillos. Antes de que pudiese hacer nada dicho nudillos le dieron en plena nariz, manchando camisa y corbata, echándole hacia atrás. Antes de que la chica pudiese gritar, el extraño avanzó hacia ella y le tapó la boca.

— No grites o te parto el cuello. ¿Entendido?

La chica movió la cabeza de arriba para abajo. Luego, se dirigió al hombre, lo levntó como pudo. Seguía consciente pero herido.

— ¿Qué coño haces? ¿Dónde esta Johnson?

— La cartera.

— ¿Eso quieres? Joder. Si quieres mi puto dinero, toma.

— Para el ascensor.

La chica obedeció y pulsó el botón de parada inmediata.

— Dale al botón del piso más próximo.

— ¿Hacia arriba o hacia abajo?

Una mirada del hombre indicó que le daba igual. La muchacha apretó el botón del siguiente piso superior. Las puertas se abrieron. Cogió la cartera y se la metió con presteza en el interior del bolsillo de su pantalón.

— Sal — dijo mirando a la puta —. Rápido.

Hizo caso y salió con andar torpe, mirando como el falso bedel le daba otro puñetazo al hombre en el estómago. Las puertas se cerraron, y ella se quedó afuera. El tipo soltó al hombre para apretar el botón más alto, y luego volvió a por él.

— Si sólo… si sólo quieres mi dinero, para que…

— Calla — dijo agarrándole el cuello con dos manos —. El número de Kolmogorov. Ahora.

— ¿Pero qué coño?

— El número.

Con una mano le sostuvo y con la otra le apretó la nariz rota. Comenzó a gritar de dolor. Luego, le dejó.

— Dímelo.

— ¿Quién coño eres?

— El número, ahora.

— Sabes que estoy muerto si lo digo.

— Podrás huir de ellos, pero no de mí. El número.

— Sin los otros no te sirve de nada.

Le agarró de la cabeza y lo golpeó contra la pared.

— Número, ahora.

— No pienso decirlo, no…

Le agarró de nuevo por la nariz, y le golpeó contra la pared.

— Vamos, dime el número. No tengo todo el día.

— No te lo voy a decir, cabrón de mierda.

Las puertas se abrieron. Pulsó el botón del párking y el ascensor comenzó a bajar.

— Mejor mátame.

— ¿Y qué hay de la pequeña Claire?

— No. No.

— ¿Te importa que la mate? ¿Es eso lo que quieres?

— Si… si te digo el número, ellos…

— Ellos son el menor problema. Ahora céntrate en mí. ¿De acuerdo? Dime el número, y no te pasará nada a ti ni a tu pequeña, ni a tu mujer, ni a tus tres amantes.

— Pero qué…

Volvió a retorcerle la nariz, y el hombre gritó.

— Laurentiev irá a por mí… mierda, no…

Le dio un rodillazo en los testiculos. Un relámpago de dolor le sacudió.

— Tienes formas para huir, ¿no? No he tocado tu escape en el puerto de la Rosa.

Le miró con una cara mezcla del dolor y la confusión.

— Es siete, vale. Es siete. Joder… joder…

— Sabes que si no funciona, tendré que hacerte sufrir — dijo limpiándose la sangre en las partes blancas de la camisa del hombre —. Y no me gusta la violencia.

Sacó su móvil y marcó un número. Luego, apartó el móvil y tecleó algo. Las puertas se abrieron en la zona del párking. Ahí lo sacó hasta el pasillo. Bajo la luz verde de “ENTRADA” sonó un leve timbre. Cogió el teléfono, miró y lo apagó.

— Correcto. Llaves del coche.

Con prisa se las dió. El hombre las cogió.

— Si te pasa algo con la policia, dí que fue un robo. Sino, corre.

Antes de que pudiese decir nada, le dio un puñetazo en plena mejilla que lo tiró al suelo.

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