La esclavitud invisible

La adicción, en todas sus facetas, es una característica tan humana como podría ser el amor o la amistad. Es verdad que se han descubierto patrones adictivos en animales, así como amor y amistad entre animales. Pero es en los seres humanos donde adquieren una potencia mayor. Mientras los animales juegan con calibre de nueve milímetros, nosotros jugamos con proyectiles balísticos termonucleares.

El ser humano es capaz de llegar a muchos extremos, tanto negativos como positivos, por cualquier cosa. Asesinatos por pasión o actos heroicos por un amigo. Pero, ¿y en el caso de la adicción? En los seres humanos la adicción, sea a lo que sea, adquiere un tenor oscuro. Lo interesante es cómo y por qué muchas adicciones pasan desapercibidas ante los individuos y como estas adicciones pueden llegar a convertirse en un instrumento de control por el poder.

Primero, hablaremos de la adicción más conocida: la adicción a las drogas. Cuando uno habla de adicción, siempre piensa en cocaína, heroína, morfina… Seguro que alguien habrá visto a alguien vistiendo chandal pidiendo dinero para, según esa persona, comprar comida, aunque realmente sea para guardar lo suficiente para un siguiente chute de su droga predilecta y accesible.

¿Cómo puede llegar alguien hasta ese estado? ¿Qué les lleva a ello? No hay que hacer generalidades. Cada ser es único en sí. Pero cabe mencionar qué efectos causan estas drogas. Un estado alterado de la conciencia, el mejor enemigo y aliado de un ser humano. Sin ese pensamiento los seres humanos estaríamos, para bien o para mal, destinados a pasar nuestros días en bosques comiendo de lo que crece de la madre naturaleza.

Un estado alterado de conciencia nos permite alcancer lugares inimaginables. Lugares que se escapan a la lógica y la razón. Es como estar en un sueño, pero en el cual uno se puede despertar en lugares indeseados o, quizás, no despertar nunca. Ese efecto en sí es placentero, por lo que, como huanos que somos, el placer es uno de nuestro objetivos más básicos.

Además, es uno de los más fáciles. Cuesta mucho alcanzar el nirvana, pero cuesta poco drogarse para alcanzar es Edén hecho de plástico y humanidad. La facilidad de hacer algo imbuye a los seres humanos de un falso coraje para realizar dicha acción. Es por ello que, en muchos países, una violación se ve como algo sencillo de hacer (y se hace) cuando no hay ningún tipo de reprobación moral o justicia.

Otro aspecto de esta adicción es que nunca nos va a fallar. Es verdad que poco a poco, aumentando la dosis, aumenta el “subidón” Pero no nos fallará siempre y cuando tengamos droga a mano. La gente nos puede fallar. Puede que el amor que sintamos por alguien pueda verse torcido por un acto de odio o indiferencia hacia el susodicho proto-drogadicto. Las drogas, como nuestra propia sombra, jamás nos abandona.

Quizás también tenga que ver la incertidumbre de la vida. No sabemos qué nos deparará el mañana. No conocemos la fecha de nuestra muerte pese a que sepamos que somos mortales. Pero la droga nos eleva. Nos hace inmortales. Tenemos fecha para ese día que nos vamos a drogar. Sabemos como y cuando va a ocurrir, porque somos nosotros los que tomamos la acción. Nadie es adicto a los sueños.

Ese acto es propio y nuestro. Es un falso ejercicio de voluntad. Creemos que somos nosotros quienes tomamos la droga, pero es ella la que nos toma a nosotros. Es aquí donde hay que hacer un cambio. Una sustitución. Existen drogas y “drogas” Seguramente nadie piensa que el alcohol o el fumar sea una droga, pero lo es. Así como muchas otras cosas que nos hacen creer que tenemos voluntad.

“La fe es el opio del pueblo” suele ser la premisa ateísta. Hay que darle la razón, en parte. Muchas ideologías, corrientes de pensamiento y creencias se comportan como drogas. De la misma manera que hemos descrito al drogadicto podemos describir al fascista, al racista o al fanático. Todas ellas tienen orígenes distintos entre ellas mismas y las drogas, pero son tan parecidas que podrían ser gemelas.

Todo ello por un bien, por una satisfacción, por una felicidad falsa, artificial. Una felicidad de escaparate, que se puede coger y probar gratis. Una felicidad que viene en el correo para que la probemos por si nos gusta. Pero no es una felicidad trabajada. Pero quizás no tengamos que decir felicidad como tal. Sino evitan la tristeza, el desabor, la amargura de la vida o, peor aún, la soledad.

Estar solos es uno de nuestro grandes miedos. No porque no haya nadie alrededor. Incluso la persona más solitaria se encuentra entre personas. Es porque nos enfrentamos a nuestro gran enemigo. Porque somos nosotros y nuestro pensamiento. Nuestras dudas. Nuestras incógnitas. No hay nadie a quien hacer daño, no hay nadie a quien llorar, no hay nadie a quien amar.

La adicción nos crea un vínculo especial con algo no vivo. Nos enlazamos espiritualmente con esa droga para que nos lleve. Creemos ser los capitanes del navío, pero no somos más que los que reman las galeras. Televisión, cocaína, religión. Todas ellas pueden hacer un bien, pero el mal está al acecho. Podemos dejarnos embaucar en cualquier momentos, y quedar paralizados. Nuestra voluntad se ve subyugada de la mejor manera.

Esta esclavitud invisible es el instrumento ideal para el poder. No controlas a humanos mediante el dolor, el miedo o la muerte. ¿Qué mejor manera de evitar que se cuestione la autoridad que durmiendo la mente? Las ovejas no se rebelan al pastor mientras tengan su pasto. De vez en cuando el pastor simula el aullido de lobos para que sepan que él está ahí para protegerlas.

La adicción, finalmente, no es más que la felicidad en no ser. En dejar de pensar y dejarse llevar. No es más que la manera de evitar la aplastante columna de responsabilidad metafísica que recae sobre los hombros de los hombres. Cada individuo es un Atlas personal, aguantando el peso de su propio mundo. Hasta que descubre una nueva adicción, y lo deja caer. Entonces es cuando ese mundo se rompe.

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